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Déjame Sueltas Las Manos

DÉJAME sueltas las manos

y el corazón, déjame libre!

Deja que mis dedos corran

por los caminos de tu cuerpo.

La pasión —sangre, fuego, besos—

me incendia a llamaradas trémulas.

Ay, tú no sabes lo que es esto!


Es la tempestad de mis sentidos

doblegando la selva sensible de mis nervios.

Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!

Es el incendio!

Y estás aquí, mujer, como un madero intacto

ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas

hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!


Déjame libre las manos

y el corazón, déjame libre!

Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!

No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,

es precipitación de furias,

acercamiento de lo imposible,

pero estás tú,

estás para dármelo todo,

y a darme lo que tienes a la tierra viniste—

como yo para contenerte,

y desearte,

y recibirte!

De Endurecer La Tierra

De endurecer la tierra

se encargaron las piedras:

pronto

tuvieron alas:

las piedras

que volaron:

las que sobrevivieron

subieron

el relámpago,

dieron un grito en la noche,

un signo de agua,

una espada violeta,

un meteoro.


El cielo

suculento

no sólo tuvo nubes,

no sólo espacio con olor a oxigeno,

sino una piedra terrestre

aquí y allá, brillando,

convertida en paloma,

convertida en campana,

en magnitud, en viento

penetrante:

en fosfórica flecha, en sal del cielo.